Haiti En el área centroamericana sorprende la presencia de una isla que encierra en sí la belleza y las contradicciones del Caribe: Haití y la República Dominicana son las naciones que ocupan su territorio y que en el curso de los siglos han seguido caminos distintos. De todos los países en el hemisferio occidental, Haití es la nación con mayor índice de pobreza. Su historia ha sido marcada por el colonialismo, por las dictaduras y por una fuerte dependencia de los países del primer mundo. En varias ocasiones Estados Unidos y Europa han guiado los destinos de Haití, a través de una forma de control amplio, ofreciendo ayudas, pero también imponiendo políticas económicas basadas más en sus intereses que en las exigencias reales de los haitianos. Hoy el país se encuentra en una condición de miseria crónica: baste pensar que el 80% de las familias vive muy por debajo del umbral de pobreza. El plan de desarrollo de la agricultura no ha producido efectos significativos y la deforestación ha causado gravísimos daños geológicos. La mayor parte de los campesinos produce lo mínimo indispensable para las necesidades del núcleo familiar. Esto significa que el país no solo no ha alcanzado competitividad en el mercado internacional, sino que además no ha conseguido una economía de autosusistencia. El Mercosur, el proyecto de un mercado global de las Américas del Norte y del Sur, podría convertirse en una catástrofe anunciada para los haitianos, si el país no consigue dotarse cuanto antes de estructuras económicas productivas y competitivas. A eso ha de añadirse la política económica de muchos países del primer mundo, que para sostener su producción agrícola facilitan las exportaciones de productos alimenticios pagando a los productores parte del coste con dinero del estado: de este modo un kilo de arroz producido en los Estados Unidos en el mercado de Haití cuesta más o menos como el arroz local. Las ayudas humanitarias que el país ha recibido a lo largo de los años a menudo no han alcanzado su objetivo, dando vida a unas formas de asistencia nocivas a largo plazo para la gente. En la frontera entre Haití y Santo Domingo se puede asistir a un fenómeno interesante: para los haitianos la frontera es el obstáculo a superar para buscar la aventura de la emigración, pero es también el lugar del comercio de productos de todos tipos. Los dominicanos van a la frontera para comprar productos alimenticios, alcohol, tabaco, vestidos, que aquí se encuentran a precios muy inferiores. Esta condición de crónico subdesarrollo ha originado el fenómeno de la emigración. Muchísimos haitianos buscan un destino mejor para sí mismos y su familia emigrando a Estados Unidos o más simplemente buscando trabajo en la cercana República Dominicana. Se adaptan a los trabajos más humildes y encuentran muchas dificultades al tratar de insertarse en el tejido social dominicano. La situación en los centros urbanos es aún más alarmante. La capital de Haití crece de modo caótico, gracias a la alta tasa de natalidad y a la periódica llegada de pobres a los barrios de las afueras de Port-au-Prince. Cité Soleil, tal vez el barrio más pobre, se desarrolla en una superficie de 5 Km. cuadrados y en su interior viven más de 200.000 personas, en la ausencia total de servicios para la población. Las tensiones sociales producen inestabilidad e impiden un desarrollo orgánico del país. En este contexto opera la Iglesia católica, con sus misioneros extranjeros y los sacerdotes, los coadjutores y las monjas fruto de las vocaciones locales. El trabajo que hay que hacer es grande y la elección obligada: trabajar para los pobres, en un espíritu de reconciliación que sepa afrontar serenamente las tensiones sociales aún presentes. Los años de la dictadura de Duvalier y el poder concentrado en las manos de pocos han agudizado los problemas. Hoy la Iglesia ha de ser el fiel de la balanza, el punto de referencia imparcial. Las palabras que el Papa ha dirigido a los religiosos de Haití son el papel de tornasol del compromiso de la Iglesia católica con la gente. “...El pueblo haitiano ha emprendido un nuevo camino, pero aún hoy pide a la Iglesia que le acompañe en su movimiento hacia un auténtico progreso material y moral... La reconciliación no es señal de debilidad o cobardía, no significa que se renuncie a la justicia pretendida y ejercitada en los modos deseados; pero es ante todo y sobre todo el encuentro entre hermanos dispuestos a no caer en la tentación de la venganza; la reconciliación es el fruto de sentimientos fuertes, nobles y generosos que pueden establecer una convivencia fundada en el respeto del individuo y los valores propios de una sociedad civilizada... Es necesario recordar una vez más que la Iglesia puede aportar su colaboración específica en la búsqueda de un progreso social que refleje las exigencias no solo materiales, sino también y sobre todo espirituales”. La congregación salesiana opera desde hace años en Haití, al lado sobre todo de los jóvenes y de los más pobres. Los campos de intervención son los tradicionales de la congregación: la instrucción, la educación, la formación profesional. Pero sobre todo es la recuperación de la identidad histórica y cultural lo que más preocupa a los salesianos. El pueblo haitiano es un pueblo que se arriesga a perder sus raíces, fascinado como está por las culturas más cercanas, como la norteamericana, y con el deseo de alcanzar un tenor de vida más alto. El riesgo que corren los jóvenes hoy en Haití es el de querer mejorar su condición sin pasar por los sacrificios necesarios para ello. El espejismo de la ganancia fácil y de una promoción social obtenida sin esfuerzo empujan a muchos chicos hacia el mundo de la delincuencia. El tráfico ilegal, la droga y la prostitución son las plagas que infectan la sociedad. No faltan las señales positivas; el deseo de un ascenso social puede dar realmente un futuro a estos muchachos. Intervista a padre Pierre Lephène “Es una casa-instituto de los salesianos de Haití, en que damos albergue a los chicos de la calle, jóvenes abandonados y discriminados. Tenemos varios edificios, entre los que se cuenta la “casa-madre”, en la que viven los chicos que asisten a la escuela y aprenden un oficio. También tenemos una casa que acoge a las jóvenes, las prostitutas y los muchachos que tienen más de 18 años. El acercamiento práctico con estos muchachos consiste en compartir su vida; por esto, desde hace 4 años vivimos aquí. Nuestro objetivo es el de reinsertarlos en su familia, mejorar nuestra relación con estos muchachos y hacer que reestablezcan relaciones familiares normales con sus padres”. Los salesianos se comprometen en primera persona en el campo educativo. El analfabetismo, problema que toca a la mayor parte de las personas adultas, es afrontado a través de la gestión de algunas escuelas primarias, esparcida por el país. Aquí los niños aprenden a leer, escribir, hacer cuentas y sobre todo comienzan a ver la posibilidad de continuar los estudios, aprender un oficio. Las escuelas de formación profesional preparan a los chicos al trabajo. Todo sin perder de vista las posibilidades reales de trabajo que Haití ofrece a estos jóvenes. Un problema de aún más difícil solución es el de los muchachos de la calle. Los barrios de Port-au Prince y los otros centros urbanos están llenos de niño y muchachos que no tienen un lugar a donde ir y que viven al día. Si son pequeños se les tolera, pero cuando crecen se convierten en un serio problema social. padre Pierre Lephène “El se llama Siane, y es el más travieso de todos. ¡Mirad cómo suda jugando! No se cansa nunca, está siempre en movimiento y, cuando habla grita, grita siempre muy fuerte. El fenómeno toca también a las muchachas y a las niñas, para las que se están buscando las modalidades de intervención, con la ayuda de las monjas. Hay casas de acogida y colegios donde las niñas pueden recibir una instrucción. Estas comunidades a menudo se convierten en una verdadera familia para muchas de ellas, porque los padres están muertos o simplemente porque no pueden ocuparse de los hijos. Intervista a Sylvie Elie, inspectora Hijas de María Auxiliadora “He de decir que desde el comienzo de esta obra de la Familia salesiana en Haití, en 1935, las monjas se han empeñado siempre a favor de los muchachos más pobres. Hoy tenemos muchas casa: con nuestras doce presencias en las diferentes diócesis de Haití tratamos de trabajar al lado de los más pobres. En muchas casas tenemos colegios, escuelas primarias, centros de promoción, escuelas secundarias, centros juveniles, en los que mucha gente de todas las categorías sociales viene a aprender un oficio para tener un medio de subsistencia y mejorar su condición de vida. Nosotros trabajamos en situaciones muy difíciles: el país día a día se hunde en la miseria, muy por debajo del umbral de pobreza. Pero con la propuesta de Don Bosco y con el optimismo salesiano, seguimos trabajando con estos chicos, con el espíritu de poder darles una vida mejor”. La familia salesiana afronta a diario las pequeñas y las grandes dificultades de la vida en Haití. Su presencia no es un cuerpo extraño en el interior de la sociedad. Son testimonio de ello las vocaciones locales, que en este país son el fruto de lo que los salesianos han sabido sembrar en estos años de duro trabajo a favor de los jóvenes. Intervista a Jean Sylvain Jeannot “Hay ocho muchachos en el pre-noviciado, trece en el noviciado y en este momento estamos preparando las estructuras para acogerlos y para dar más posibilidades de crecimiento al carisma salesiano de Haití, porque la Iglesia y los jóvenes de Haití necesitan este carisma salesiano”. Los muchachos y las muchachas que quieren entrar a formar parte de la congregación son acompañados en su camino de crecimiento cristiano por los padres y las monjas. Estas vocaciones locales son más de una esperanza: son la confirmación de lo que de bueno se ha hecho. Son una riqueza no solo para los hijos de Don Bosco, sino también para la misma sociedad civil. Los años de preparación a la vida religiosa se viven con alegría, en un ambiente acogedor y familiar. Intervista a Jean Gregory, post-novizio “No conocía aún a los salesianos cuando vine aquí a la escuela profesional “Don Bosco-Sadin”. Después de haber encontrado a estos sacerdotes decidí yo también ser un hijo de Don Bosco, con el objetivo de trabajar con los jóvenes. Gracias a los salesianos aprendí este trabajo tan noble. Decidí hacerme salesiano para poder trabajar en el estilo de Don Bosco por la salvación de los jóvenes, de los pobres, de las personas abandonadas y en peligro”. Haití, a pesar de las condiciones de pobreza en que vive la mayoría de la población, es un país que puede y debe creer en un porvenir mejor. La pobreza no es un defecto: es la consecuencia de la ley del más fuerte contra el más débil, del poder exagerado del uno y de la falta de instrumentos del otro. En Haití ya no hay dictadura, pero las consecuencias se hacen sentir aún fuertemente. En realidad la situación social no ha mejorado mucho. Por este motivo los salesianos continuarán comprometiéndose en favor de los más débiles. En el próximo futuro tienen la intención de abrir nuevas escuelas, preparar otros centros de formación profesional, tomar a su cuidado cada vez más la causa de los muchachos de la calle. Y hacer crecer a sus herederos, promoviendo las vocaciones locales. Intervista a Julio Nau, Ispettore “Haití es verdaderamente un buen terreno para los salesianos; aquí viven muchos pobres y muchos jóvenes. Los muchachos necesitan a alguien que se ocupe de ellos, si queremos que sean buenos cristianos y honestos ciudadanos. Haití es un país de frontera, es un país nuevo que necesita a sus jóvenes para esperar en el futuro. Los salesianos somos pocos, pero tratamos de trabajar en las periferias con los chicos y las personas más necesitadas. Tomamos a nuestro cuidado nuestra juventud: tenemos escuelas primarias, escuelas profesionales, y nos encargamos también de las parroquias, dada la escasez de sacerdotes en Haití. Afortunadamente en nuestras casa de formación religiosa tenemos a muchos jóvenes que estudian. Esperemos que próximamente podamos tener una casa en la que formar a estos nuevos sacerdotes... Se verá”. 4