"¿Queremos vivir según la lógica de la autosuficiencia y el poder, o según la lógica de la obediencia confiada a Dios?" es la pregunta que el purpurado invitó a plantearse en el tiempo de Cuaresma, tomando inspiración de las lecturas litúrgicas, que presentaban las dos figuras de Adán y Cristo: el primero, representante del hombre que cede "a la tentación de hacerse Dios sin Dios", el segundo, en cambio, "el Hijo que se confía totalmente al Padre".
En esta óptica san Francisco, no por casualidad recordado en la historia como alter Christus, por su seguimiento radical de Jesús, se convierte en un faro capaz de iluminar el camino: como hijo de un rico mercader, podía vivir según dinámicas mundanas, y así de hecho había comenzado a hacer; pero luego, en el silencio de la prisión y de la derrota, "escuchó otra voz". Aquella que afirmaba cómo la verdadera libertad reside en la confianza y en el servicio, en lugar de en la posesión y en el dominio.
Retornando luego a la página evangélica del día, aquella de las tentaciones de Jesús en el desierto, el cardenal Fernández Artime examinó una por una las insidias que cualquier hombre o mujer puede encontrar en el propio camino espiritual: transformar las piedras en pan, o sea "usar a Dios para resolver nuestras necesidades"; tirarse del templo, es decir "buscar el éxito, lo sensacional"; recibir todos los reinos del mundo, o sea "elegir el poder, pero adorando al maligno".
San Francisco, observó el pro-prefecto vaticano, no estuvo inmune a estas seducciones, pero supo elegir diversamente, prefiriendo la pequeñez al orgullo, la pobreza a la acumulación, la obediencia a la autosuficiencia. En breve, eligió "adorar solo a Dios", y de este modo, sobrepasando las tentaciones con la gracia de Dios, obtuvo también la fuerza "para abrirse a los otros".
Con su parábola humana, observó el cardenal salesiano, san Francisco se hace testigo no de un heroísmo extraordinario, sino del "florecimiento de quien se fía de Cristo", porque no se rescató a sí mismo, con una manifestación de fuerza, sino que "se dejó salvar por Dios". Por esto, a ochocientos años de su muerte, su figura es todavía capaz de hablar - no de sí, más bien de Cristo y de la "sobreabundancia de la gracia".
Por último, el prelado se detuvo en el valor de esta exposición- más que un simple ejercicio de memoria con "mirada nostálgica" sobre lo que fue, cuanto más bien "una invitación fuerte y concreta" a responder a las preguntas del presente: "¿Cuál es mi desierto? ¿Qué tentación me habita? ¿Dónde me pide el Señor un paso de confianza?".
Francisco de Asís murió en la noche entre el 3 y el 4 de octubre de 1226, en la Porciúncula, a cuarenta y cuatro años de edad. Quiso ser recostado sobre la desnuda tierra, en pobreza absoluta. Su santidad fue tan evidente que fue reconocido y proclamado santo por el papa Gregorio IX a tan solo dos años de su muerte, el 15 de julio de 1228. Después de la muerte, el cuerpo de san Francisco fue custodiado con gran atención y la basílica a él dedicada fue construida también para proteger sus restos. Tan protegidos que, en los siglos, se perdió casi el rastro. Fue Pío VII en 1818 quien ordenó las excavaciones que trajeran a la luz la urna de piedra, después de cincuenta y dos noches de trabajo, y que ordinariamente residen en la cripta de la basílica.
La exposición de los restos de san Francisco, acontecimiento único en ochocientos años de historia, es uno de los gestos más significativos pensados para homenajear a este santo admirado en los siglos también por creyentes de otras religiones o no creyentes. Hoy su mensaje de amor universal hacia Dios, Señora Pobreza y todas las criaturas son universalmente apreciados y reconocidos como llaves no solo para el desarrollo espiritual y el crecimiento individual, sino también como semillas de desarrollo para cultivar la auténtica humanidad y la fraternidad entre los pueblos.
Para acceder a la veneración de los restos de san Francisco es necesaria la reserva, accesible aquí: https://sanfrancescovive.org/prenotazione/
