Poco después de las 8:15, el Santo Padre entró entre aplausos. Lo que siguió no fue una procesión formal, sino la presencia paterna de un pastor entre su pueblo. Saludó personalmente a cientos de personas, una por una, bendiciendo a los niños y deteniéndose con los ancianos y los enfermos. Muchas personas compartieron y ofrecieron al papa León lo que habían preparado con alegría y traído para él con mucho amor. Una joven pareja de novios pidió la bendición para su próxima boda; él se detuvo y rezó por ellos. El rostro sereno y sonriente del papa León, su mirada paciente y atenta, sus gestos sencillos eran profundamente humanos y pastoralmente significativos, y marcaron el tono de toda la visita.
La voz de la parroquia
La bienvenida oficial estuvo a cargo de dos niños del catecismo de la parroquia, que hablaron en nombre de toda la comunidad. Con claridad y afecto, dieron las gracias al Papa por su presencia y le aseguraron las oraciones de la comunidad. Describieron su visita como una gracia, especialmente en el primer domingo de Cuaresma, tiempo de renovación y conversión.
Destacaron la animada vida de la parroquia: la catequesis, la pastoral juvenil, las actividades de caridad, el compromiso de las familias y los voluntarios y las numerosas iniciativas que hacen de la basílica un hogar acogedor en un barrio caracterizado por un movimiento constante y necesidades humanas reales.
«La alegría de nuestra esperanza»
Cuando el papa León XIV habló, sus palabras fueron sencillas y luminosas. «El domingo es el día de la Resurrección, la alegría de nuestra esperanza», dijo, agradeciendo a la comunidad su calidez y alegría. Incluso en Cuaresma, les recordó, hay confianza y luz, porque «sabemos que el Señor quiere recibirnos, quiere darnos la bienvenida, al igual que esta parroquia».
«Qué hermoso es encontrarnos en un lugar donde todos son bienvenidos». Reflexionando sobre el título Sagrado Corazón, invitó a los fieles a redescubrir su significado: un símbolo de amor, caridad y generosidad sin límites. Mirando a la asamblea, compuesta por personas de muchas nacionalidades y procedencias diferentes, habló de la unidad y la fraternidad que la misericordia de Cristo hace posibles.
Saludó de manera especial a «los salesianos y las hermanas salesianas», recordando la historia que comenzó con Don Bosco y el papa León XIII, «mi predecesor, que también se llamaba León», añadió con una sonrisa. Pero esto, insistió, no es solo historia recordada. «Hoy estamos haciendo historia —dijo— porque también hoy queremos vivir esta hermosa tradición de servicio, de caridad, de trabajo con los jóvenes».
Luego, posó su mirada en los niños reunidos frente a él: «¡Qué hermoso es ver a todos estos niños aquí! ¡Vivir la alegría de la vida! Y qué hermoso es estar vivos, tener este don de la vida que el Señor nos da».
Un corazón vivo en la ciudad
Después de la misa, el Papa se reunió con los miembros de la comunidad educativo-pastoral, agradeciéndoles y animándoles por su dedicación en hacer de la parroquia un testimonio vivo del amor del Corazón de Jesús.
En un barrio cercano a la estación Termini, por donde pasan cada día miles de personas, la parroquia salesiana sigue siendo levadura en la masa, un puerto seguro y un signo de esperanza. La presencia del Papa ha reafirmado esta misión: ser, en el corazón de Roma, un corazón abierto a todos.
Al final de la mañana, el patio seguía lleno de una alegría reconfortante. Muchos tuvieron la oportunidad de estrechar la mano del Pontífice y recibieron su bendición; muchos otros se llevaron a casa el recuerdo de un encuentro cercano. Para todos fue un domingo caracterizado por la cercanía, la sencillez y una renovada energía misionera, en pleno espíritu de Don Bosco.
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