Repasando este largo camino, el padre Gorzegno recuerda: "Diciembre de 1968. Envío a México una carta navideña para desear feliz Navidad a un salesiano amigo mío y como posdata añado: 'Estoy dispuesto a ofrecer mi servicio como maestro de filosofía en su centro de formación de Guadalajara'". La respuesta positiva fue inmediata e inesperada ("¡Sí, te esperamos!").
Pero el deseo misionero del padre Gorzegno no surgió por casualidad: era un sueño guardado en el corazón desde hacía muchos años. Osvaldo, joven de Cuneo, frecuentaba el oratorio salesiano participando en el grupo misionero. Una bella tradición de la época consistía en presentar mediante revistas el trabajo realizado por los misioneros, un instrumento esencial en una época en que no existían las redes sociales ni la comunicación instantánea. Además, al oratorio llegaban periódicamente misioneros provenientes de todos los continentes, y los jóvenes se alimentaban de sus relatos, aventureros y genuinos.
Durante sus años de formación salesiana en Roma en el Pontificio Ateneo Salesiano (hoy UPS), Osvaldo pudo vivir en primera persona la internacionalidad del carisma salesiano y una comprensión renovada de la vocación salesiana. Don Bosco estaba concretamente presente en todo el mundo, y en él la invitación de Jesús — "Id por todo el mundo y anunciad la buena noticia" — resonaba con cada vez mayor fuerza.
Así, en la vida de Osvaldo, un joven de veinte años lleno de esperanzas, se abría un horizonte nuevo: aunque ya había decidido partir en su corazón, faltaba aún la aprobación de su superior. Tras una serie de eventos y situaciones providenciales, en el patio de la Casa Madre de Valdocco llegó finalmente la respuesta del inspector. No se trataba de una perspectiva ad vitam (para siempre), sino de un "sí" por tiempo determinado: tres años, coincidentes con el período del noviciado activo.
El padre Gorzegno recuerda con emoción aquel período: tres años que cambiarían para siempre su camino salesiano, en el transcurso del cual había emitido sus votos perpetuos en Guadalajara, el 6 de agosto de 1970. Cuando se acercaba el momento del regreso a Italia, crecía la insistente invitación de los jóvenes que había conocido en México y de sus hermanos: "Quédate con nosotros". Y así, el regreso a casa fue muy breve: un saludo a la familia, una visita a la inspectoría de origen y luego la decisión, aprobada, de volver a su tierra de misión.
El padre Gorzegno jamás habría imaginado que su misión lo llevaría a crear las maravillosas comunidades salesianas a lo largo de la extensa y compleja, pero prometedora frontera entre Estados Unidos y México.
Insiste en que este gran proyecto se pudo llevar a cabo gracias a las nuevas comunidades misioneras salesianas presentes en la frontera y a los numerosos voluntarios y voluntarias que creyeron en él plenamente. Hoy, como decía Don Bosco, puede afirmar que: "…todo fue posible gracias a la Virgen".
Décadas después, regresó a Valdocco, a ese patio donde recibió su primer beneplácito para partir como misionero, con motivo de una ocasión histórica. "El 11 de noviembre de 2025, en el mismo lugar donde aquella primera expedición fue decidida y desde donde partió, viví una experiencia que solo podría describir como una verdadera Pentecostés salesiana — cuenta —. Lenguas distintas, culturas lejanas y grupos de salesianos venidos de todas partes del mundo se encontraron unidos por el mismo carisma misionero de Don Bosco. En ese encuentro percibí de manera viva la presencia del Espíritu Santo, que sigue avivando en la Familia Salesiana el don de la misionariedad, encendiendo en los corazones el fuego del celo y de la audacia misionera".
Gracias al clima misionero respirado en Valdocco, el padre Gorzegno volvió a partir hacia México con una convicción renovada: los jóvenes del mundo, aunque no siempre sepan expresarlo, llevan dentro una invocación profunda: "¡Queremos ver a Jesús!". Y esperan entreverlo reflejado en la vida de los Salesianos.
Concluye el padre Gorzegno: "En este contexto pentecostal, recibir la cruz misionera despertó en mí una emoción intensa, extraordinaria. Después de cincuenta y seis años vividos como misionero, volví a escuchar la invitación que Jesús me ha dirigido tantas veces: 'Ven y sígueme… ve por el mundo a anunciar la buena noticia'. Este momento fue como recorrer de nuevo mi pasado y, al mismo tiempo, vislumbrar lo que el Señor aún espera de mí. Pero una certeza nunca ha flaqueado: Jesús nunca me ha dejado. Ha estado conmigo y en mí en los momentos de fragilidad y en los de audacia, en el sufrimiento y en la alegría, en el desaliento y en la esperanza. Siempre, envuelto en la certeza de su amor".
Y quiere despedirse con las palabras del "misionero" Pablo de Tarso: "y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí." (Gálatas 2, 20).
Marco Fulgaro
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